sábado, 20 de mayo de 2017

Rafael Argullol y el asombro de vivir


Poema
Rafael Argullol
Acantilado. Barcelona, 2017.

La hazaña que Rafael Argullol realiza con su libro Poema tiene pocos parangones en cualquier literatura. El modelo más cercano que podemos encontrarle quizá sea el Cancionero de Miguel de Unamuno, esa especie de diario poético que el escritor dejó inédito a su muerte y que contiene más de mil setecientos poemas.
            Más de mil contiene el Poema –uno por cada día del año durante tres años– de Rafael Argullol. El título no deja de resultar algo engañoso. Si bien es cierto que entre todos ellos puede establecerse una cierta unidad (que el autor se encarga algo artificiosamente de subrayar con sus referencias al encargo de un barquero que simboliza a Caronte), esta no resulta mayor que la que se establece entre los poemas de cualquier otro autor.
            Un poema debe ser leído del principio al fin, siguiendo el orden de sus versos; este Poema puede ser abierto por cualquier página y en cada una de ellas, con pocas excepciones, encontramos un motivo de asombro y reflexión.
            Los textos que integran Poema llevan como título una fecha y algunos de ellos, como en cualquier diario, se refieren a la noticia destacada (el encuentro de los restos de Ricardo III, la muerte de Bin Laden o la renuncia de Benedicto XVI) o a la celebración del día: navidad, domingo de resurrección, cumpleaños… Pero la mayoría admiten una lectura independiente al margen de la fecha. Se trata de espléndidos poemas, que merecen título propio y editarse aparte, al margen de este titánico empeño que algo tiene de aspiración a entrar en el libro guiness de los récords y de circense “más difícil todavía”.
            Hay poemas que pueden considerarse breves relatos, como la historia del presunto unicornio que el rey de Portugal regaló al papa León X, y otros que se aproximan a la reflexión sapiencial, casi aforística: “Los ojos de un gato que nos mira fijamente / son un destello de la eternidad”.
            Abundan las notas de viaje: en estos tres años el autor ha recorrido el ancho mundo, desde el helado norte hasta la soleada Italia. “No ha transcurrido ninguno de mis aniversarios / sin que reaparezca, como una bruja seductora, / la hermosa idea de desaparecer”, escribe el 9 de mayo de 2013, el día de su cumpleaños, que celebra “en las islas Lofoten, / en el norte del norte, / ante el Maelström que subyugó a Poe”.
            ¿Cómo olvidar los versos dedicados a Roma (con ese paseo matinal, que casi podemos seguir paso a paso, desde la Academia de España hasta la Piazza de Santa Maria in Trastevere), a Palermo, con la muerte que pasea por sus calles “segura de su poder de seducción” y a tantos otros lugares?
            Poemas ligados al fluir de los días –la poesía es siempre poesía de circunstancias, decía Goethe–, pero que pueden y deben ser leídos de manera exenta en la mayor parte de los casos. Dos ejemplos, entre docenas de ellos: el dedicado a San Jerónimo, quien mientras traduce la Biblia queda admirado por “el coraje y la belleza desolada” del poema de Lucrecio, De rerum natura, y a pesar del peligro que supone para la fe cristiana decide no destruirlo porque “es mejor la compañía de un sabio inquietante / que la de tantos tontos complacientes”; o el perfecto ejemplo de écfrasis –bien ajeno a frialdad parnasiana– que constituyen los versos sobre la Annunziata de Antonello de Messina, “sin ángel, sin luz de oro, / pura turbación en el amor sin límites”.
            “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento” es un conocido verso de Unamuno que podría servir como lema de este diario poético. Rafael Argullol llega a la literatura desde la filosofía (o al revés) y eso se nota en cualquiera de las páginas de su libro, escritas con una agudeza y una curiosidad intelectual no demasiado frecuente entre los literatos.
            El extenso índice onomástico (que el autor denomina, muy atinadamente, “Dramatis personae”) nos ilustra bien sobre la amplitud enciclopédica de sus inquietudes. El azar alfabético hace que comience con Abu Sakkar, guerrero sirio contemporáneo, que “machete en mano, / atraviesa el pecho del prisionero / y le extrae el corazón y el hígado”, y que termine con Zimmer, el carpintero alemán que cuidó de Hölderlin durante sus años de locura.
            La lección que se extrae de este Poema, como quiere el autor, o de este diario poético, como a mí me parece más acertado considerarlo, se repite en los últimos fragmentos: “Toca vivir sin miedo. Toca vivir”.
            Mientras su vida giraba “mil veces alrededor del mundo”, Rafael Argullol ha realizado una hazaña irrepetible: escribir un poema cada día durante tres años, sin condescender con la vacuidad, la retórica consabida, el sinsentido (y también, afortunadamente, sin pretender ser siempre sublime). El resultado es un caleidoscópico autorretrato, en el que nos reconocemos, y la crónica de un viaje por territorios que alternan cotidianidad y memoria cultural, jardín y precipicios, un viaje por territorios insólitos y familiares que están fuera y están dentro de nosotros mismos.
           

            

sábado, 13 de mayo de 2017

Cara y cruz del aforismo


Verdad y media.
Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016)
Selección de León Molina
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2017.

 El aforismo es un género que se ha puesto de moda. Hay quien lo atribuye al auge de las redes sociales, que privilegian los textos cortos, el decir mucho con pocas palabras, pero la mayoría de los más de dos mil quinientos que se incluyen en esta antología, dedicada a los aforistas españoles de siglo XXI, procede de algún libro.
            Cerca de cien autores, con centenar y medio de volúmenes dedicados íntegramente al aforismo, es una cosecha que nunca antes se dio en la literatura española, ni quizá en ninguna otra literatura.
            El aforismo, tradicionalmente considerado como compendio de una larga experiencia vital, ahora parece asociarse peligrosamente a la simple ocurrencia, al juego de palabras, al darle la vuelta, a veces muy mecánicamente, a una frase hecha.
            Hacer un aforismo, o un haiku, parece estar al alcance de cualquiera. Y ya se sabe que quien hace un aforismo, o un haiku, hace un ciento.
            Verdad y media es, en intención de su autor, León Molina, una antología de aforismos, no de aforistas, y por eso los nombres bien conocidos se entremezclan con otros que sonarán por primera vez para la mayoría de los lectores. Y lo más curioso es que aciertos y desaciertos se reparten a partes iguales.
            Desaciertos: “Todas las mujeres son traductoras”. Si usted lo dice…
            “Algunos críticos tienen miedo a la página en blando”. Un trivial juego de palabras con “el miedo a la página en blanco”. La paronomasia también resulta muy socorrida: “Ningún aforista está aforado”-
            “El arte tiene que trascender lo individual, tocar el arquetipo”. Una obviedad.
            “Se aprende a soñar en la manera que tiene el viento de agitar lo real”. ¿Seguro? Más bien parece mera palabrería pseudopoética.
            “La verdad descubre que la verdad recubre”. Otro juego de palabras, una de las recetas más mecánicamente utilizadas para crear aforismos: “La fe mueve guadañas” escribe León Molina, el antólogo, que no duda en incluirse en la selección.
            Los antecedentes resultan inevitables. Las buenas ideas, o las frases ingeniosas, casi siempre se le ocurren a más de uno. “Al séptimo día, ¿Dios descansó o tiró la toalla?”, escribe Félix Trull. Antes había escrito Ángel González que Dios no descansó al séptimo día, “al séptimo día se cansó”.
            Parafraseando a uno de los autores incluidos habría que decir que “un buen aforismo está al alcance de cualquiera, salvo de la mayoría de quienes se dedican a escribir aforismos”.
            Pero son más lo aciertos en esta antología de aforismos, y apenas hay páginas en que no encontremos alguno memorable.
            “Desconfío de la idea que no cabe en una frase”, escribe Jorge Wagensberg, que ha sabido como nadie utilizar el aforismo para divulgar el pensamiento científico. Ramón Éder: “Guardar un secreto para siempre fortalece el carácter”. Y Javier Almuzara: “Hay un momento de la vida en que se deja de actuar con red; justo cuando toca el triple salto mortal”.
            Podríamos seguir citando: “Lo que te hace el tiempo no te lo hace ni tu peor enemigo” (Karmelo C. Iribarren); “Hasta del infierno se puede sentir nostalgia si lo atravesamos en buena compañía” (Victoria León); “Cada creador es una caja de resonancia donde retumba el eco de una tradición” (José Ángel Mañas).
            Ls géneros breves necesitan más que otros la colaboración del lector. Un aforismo, por muy rotundo que quiera parecer, necesita ser completado. Y a veces no estamos de humor para entender su humor (es lo que nos ocurre con la mayoría de los de Javier Sánchez Martín: “El aforismo es el quinto ingrediente de la pizza de cuatro estaciones” o “Llega el cambio climático por culpa de los aforismos”).
            Más que una antología, Verdad y media es un cajón de sastre donde el lector puede encontrar de todo: pretenciosas vaguedades, afirmaciones rotundas que nos hacen sonreír, lecciones de vida, sorprendentes paradojas y un puñado de verdades en las que no habíamos caído y que nos acompañarán ya para siempre.        
           


sábado, 6 de mayo de 2017

Pablo del Águila, una vida breve


De soledad, amor, silencio y muerte.
Poesía reunida 1964-1968
Pablo del Águila
Edición y estudio de Jairo García Jaramillo
Bartleby Editores. Madrid, 2017.

El poeta granadino Pablo del Águila nació en 1946 y murió –parece que por propia voluntad– a finales de 1968. Había escrito mucho, dada su edad; no había publicado nada, aunque había llevado una activa vida literaria –recitales, tertulias– en Granada y Madrid. Los escritores más alerta y que conocían parte de su obra inédita –Félix Grande, Fernando Quiñones– no tenían duda de que estaba llamado a ser uno de los líderes de su generación, que poco después recibiría su nombre de una polémica antología, Nueve novísimos.
            En 1973 se publicó el libro en que Pablo del Águila estaba trabajando a su muerte, Desde estas altas rocas innombrables pudiera verse el mar, un libro culturalista y en versículos que enlazaba muy bien con lo que por aquellas mismas fechas estaban escribiendo los nombres más destacados de su generación, como Gimferrer o Guilermo Carnero.
            La devoción amical hizo que en 1989 se publicara su Poesía reunida, con prólogo de Justo Navarro. Jairo García Jaramillo ha preparado una nueva edición de esa poesía completa, precedida de un amplio estudio y con el añadido de algunos inéditos.
            Su trabajo tiene un carácter reivindicativo. A pesar de las anteriores ediciones, la obra de Pablo del Águila “sigue siendo una de las grandes desconocidas de su generación para la mayor parte de los lectores de poesía de nuestra lengua, así como para la crítica y los historiadores de la literatura hispánica contemporánea”. Tal hecho le sirve para constatar “la artificialidad de cualquier canon literario”.
            No es desdeñable la poesía de Pablo del Águila, ni mucho menos, pero vale más por lo que promete que por lo efectivamente realizado. Buena parte de los poemas incluidos en esta poesía completa son borradores, tanteos en busca del propio estilo, que el autor sin duda habría dejado fuera de su obra, como Carnero dejó los primeros cuadernillos publicados en los que seguía la estela de Gil de Biedma.
            Los poemas iniciales, escritos cuando el autor tenía dieciocho años, resultan conmovedores en su desnudez expresiva y en su carácter premonitorio: “Solamente la muerte / me parece segura / y me oprime la carne / con su verdad, / de tal manera pura / que no puedo entenderla…”
            Aparece luego la huella de los dos maestros de la época, Gabriel Celaya y Blas de Otero. De Celaya se toma el tono conversacional, las referencias cotidianas: “Me acuesto. Me levanto. / Bebo vino, café, fumo y regreso. / Estoy como un recuerdo marchitado, / como una vida que se va y no viene”. Otro ejemplo, un comienzo de poema: “Mi corbata, mis libros, mi cuaderno, / y a ver qué pasa hoy…”.
            De Otero, del primer Otero, toma cierto decir enfático, no su precisa técnica de orfebre: “Apasionadamente te persigo, / vida mía, alma mía, amor mío. / Rabiosamente quiero besar tus hombros, / hundir mis manos en tu cuerpo caliente, / esparcir en mi frente tus cabellos, / amarte, en fin, como nunca he amado. / … Apasionadamente te persigo. / Apasionadamente”.
            No falta el consabido homenaje a Vicente Aleixandre. El joven Pablo del Águila era un poeta muy de su tiempo, al que le faltó tiempo para romper con lo más consbido de ese tiempo. Félix Grande con Blanco spirituals le abrió nuevos caminos: le mostró cómo escribir una poesía que utilizara las innovaciones de la vanguardia sin renunciar por eso ni a la denuncia social ni al componente autobiográfico y existencialista.
            Cuando Pablo del Águila comenzó a escribir, su generación aún no había roto los lazos con la generación anterior –la de Ángel González o José Agustín Goytisolo–, se confundía con ella en el intento de darle un nuevo aire, más crítico, menos panfletario, a la poesía realista y social. El golpe de mano, el cambio de estética, tendría lugar en torno a 1970. Pablo del Águila no tuvo ocasión de verlo, pero comenzaba a anticiparlo en su obra.
            Una obra que pocas veces se sostiene en sí misma. La leemos al trasluz de la biografía de su autor, pensando melancólicamente en lo que pudo haber sido y no fue.
            Al contrario de lo que piensa el esforzado editor, difícilmente la mayor difusión de la poesía de Pablo del Águila hará cambiar el canon de la poesía sesentayochista. El canon –la serie de poetas de una época que quedan en la memoria de los lectores y pasan a la historia de la literatura– es “artificial”, ciertamente, como todas las construcciones culturales, pero no caprichoso: depende de un consenso tácito entre críticos, antólogos, editores, historiadores. Para cambiarlo hace falta algo más que buena voluntad.

viernes, 28 de abril de 2017

Francisco G. Orejas; humor y más


El calcetín de Hegel
Francisco G. Orejas
Trabe. Oviedo, 2017.

Dos son los protagonistas de El calcetín de Hegel: el humor inteligente y la caprichosa erudición. El lector resabiado puede pensar, al hojear el libro, que se encuentra ante una secuela de El hacedor borgiano o de La vuelta al día en ochenta mundos de Cortázar. Y ambos nombres mayores se mencionan y se homenajean explícitamente en alguna ocasión, pero la personalidad de Francisco G. Orejas se impone desde las primeras páginas: le gusta ahuecar la voz, ponerse pedante para reírse (o para hacernos reír) mejor.
            Hay ficción en El calcetín de Hegel, pero la minuciosa erudición de que hace gala su autor casi siempre es verdadera. “Rue Vaugirard” enumera los escritores que vivieron en esa calle de París junto al “verleniano Jardín de Luxemburgo” que aparece en poema de Miguel d’Ors; “Hotel Habana Riviera”, a quienes pasaron por ese hotel tan ligado a ilustres visitantes de la revolución cubana; “Maletas, mochilas, manuscritos” nos habla de originales perdidos; “Il est interdit d’interdire”, de las más pintorescas prohibiciones que en el mundo han sido.
            La enumeración (más enciclopédica que caótica) es un arte que domina Francisco G. Orejas. La acumulación de minucias eruditas va a menudo aliada a la parodia, como en “Dermatobia hominis”, enésima burla del disparatado conferenciante. “Onán el enano” le da todas las vueltas posibles a esas frases que se leen igual por el derecho que por el revés, los palíndromos, y que tanto han obsesionado a algunos.
            Las anécdotas autobiográficas también tienen su lugar en el libro. “En 1981, durante un par de meses, yo fui E. M. Cioran”, comienza “Metamorfosis”. Un error en la transcripción de un artículo de Cioran sobre María Zambrano en  Los Cuadernos del Norte le sirve para construir una curiosa historia sobre la doble identidad (y para homenajear a Juan Cueto, uno de sus maestros en el arte del jugueteo con la modernidad y la filosofía). Lo que hay de verdad en lo que nos cuenta “Metamorfosis” puede comprobarlo el lector hojeando los número 8 y 9 de la mítica revista asturiana.
            Dos o tres piezas de pura ficción (si es que tal cosa existe) se encuentran entre las mejores páginas del volumen. “Cada propina atrasa cinco minutos la revolución” podría formar parte de cualquier antología del relato humorístico. Otra forma de humor –de kafkiano humor negro– encontramos en “Itinerario urbano”.
            Y hay también capítulos que darían mucho juego en un taller de escritura. “Títulos equívocos”, enumeración de títulos (sin indicar autor) que sugieren un tipo de obra muy distinto de aquel al que se refieren; “Lectura comentada”, que hace intervenir en la trama las figuras del lector, el autor y el narrador; “El libro caníbal”, que entremezcla párrafos de obras bien conocidas (Don Quijote, La Regenta, Cien años de soledad).
            Los libros misceláneos tienen siempre algo de cajón de sastre y no suelen gozar de excesivo aprecio. Pero el concepto de unidad, a menudo sobrevalorado, no siempre ha sido bien entendido. La unidad de un volumen la da personalidad del autor, no el contar una única historia ni el centrarse en un único tema. La unidad la da el estilo, y el de Francisco G. Orejas resulta inconfundible, lo mismo cuando se aproxima al grado cero de la escritura que es la nota a pie de página que cuando eleva el tono para burlarse un poco de su propia pedantería.
            Tras su deslumbrante iniciación literaria con El asesinato de Clarín y otras ficciones (1981), Francisco G. Orejas pareció perderse en el mundo del guión televisivo y de los despachos periodísticos. El calcetín de Hegel –ese calcetín al que Marx decía haberle dado la vuelta para crear su filosofía materialista– demuestra que el escritor seguía vivo y que no es necesario publicar ni muchos ni gruesos libros para hacerse un lugar, si no en la historia de la literatura (que esas son palabras mayores que tardan en pronunciarse) sí en la memoria agradecida de los lectores. 

viernes, 21 de abril de 2017

Guillermo Carnero: elegía, sabiduría y desdén


Regiones devastadas
Guillermo Carnero
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2017.

Ahora que la poesía parece que se ha puesto de moda, que inunda las redes sociales y llena teatros y locales nocturnos; ahora que hay poetas –Marwan, Elvira Sastre, Ajo, Karmelo C. Iribarren– que venden miles y miles de ejemplares, resulta especialmente ilustrativo leer un libro como Regiones devastadas.
            Guillermo Carnero, desde sus inicios a finales de los sesenta, buscó deliberadamente darle la espalda al gran público, que en aquel tiempo era seguidor de los poetas sociales, de Celaya y de Otero y de quienes querían derribar la dictadura a golpe de endecasílabo y sobreentendidos. Quiso hacer de la cultura una máscara con la que encubrirse para descubrirse mejor; una máscara y una muralla que lo separara del vulgo “municipal y espeso”, de la multitud de los iletrados.
            Tras Dibujo de la muerte –que ya forma parte de la historia de la literatura–, el culturalismo, el hermetismo y la reflexión sobre los límites del lenguaje se acentuó en los libros de los setenta: El sueño de Escipión, Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyère y El azar objetivo. Luego vinieron largos años de silencio en los que el poeta “novísimo” parecía haber sido sustituido por el estudioso universitario al que debemos estudios fundamentales sobre la literatura de los siglos XVIII y XIX, sobre el barroco y sobre las vanguardias. Eran los años de la llamada poesía de la experiencia, de “la musa con vaqueros”, de una poesía confesional y comunicativa sobre la que Guillermo Carnero mostró siempre abierto desdén.
            En 1999 volvió a la poesía con el que quizá sea su mejor libro, Verano inglés, más directamente comunicativo y emotivo que ningún otro de los suyos, aunque sin renunciar a los referentes culturales que son parte de su vida tanto o más que las concretas anécdotas biográficas. A continuación, y como si se arrepintiera de lo mucho que de su intimidad había dejado traslucir en ese libro (una reescritura, en cierto modo, de La voz a ti debida, de Pedro Salinas), publicó tres largos poemas reflexivos sobre la inutilidad de la vida y la finalmente frustrada consolación del arte: Espejo de gran niebla, Fuente de Médicis y Cuatro noches romanas.
            Regiones devastadas reúne los poemas breves que fue escribiendo durante casi dos décadas a la par que esos textos más ambiciosos. Pero no es una obra menor, ni mucho menos. El poeta se siente un superviviente, los bárbaros del poema de Cavafis ya han entrado en Roma y convertido en caballerizas (o en plató para sus reality show) los museos y bibliotecas.
            La lección del poeta de Alejandría está muy presente en este libro, también la del Cernuda que supo adaptar el monólogo dramático de la poesía inglesa, no para llenar su poesía de personajes diversos, como Browning, sino para decirse mejor. El poema “Lección magistral de Himerio, maestro en Atenas (368 A. D.)” podía ir al frente del libro y expresa la antipoética del mismo, cómo debe escribir quien quiera llegar a los iletrados lectores de hoy: “Mencionad solo aquello que conocen, / con estilo patético y humilde: / anécdotas comunes del mercado. / la cocina, el corral o el dormitorio. / Los ignorantes toman por verdad / el grado más pueril de la retórica”.
            La verdad que busca Guillermo Carnero nada tiene que ver con el sentimentalismo directo ni con el infantilismo expresivo; tampoco con la sabiduría banal de los libros de autoayuda. Pero nos encontramos lejos del rebuscamiento conceptual y de la oscuridad deliberada de los primeros libros. La máscara que le proporciona el monólogo dramático le permite aproximarse a la lengua hablada y usar una primera persona que no es la suya y sí lo es. Ningún ejemplo mejor de ello que el poema “Última oración de Severino Boecio (Pavía, 524 A. D.)”, sátira y autorretrato indirecto, uno de los grandes poemas del autor, aunque él quizá lo considere una de sus “obrecillas menores”, uno de los textos que “se le cayeron de las manos” mientras estaba en labores de mayor empeño: “No me diste paciencia ni humildad; / tampoco astucia para parecer / plácido y obediente en un rincón, / feliz en la renuncia y el servicio”.
            Abundan también en el libro los poemas que describen obras de arte (“el arte es una forma superior de pensamiento” ha declarado), un poco a la manera del Manuel Machado de Museo, pero son también una forma de reflexión sobre el mundo, nunca mero decorativismo. “Estancia de Heliodoro”, uno de los poemas más elusivos del libro, lleva el subtítulo de “Sobibor”. El título se refiere a uno de los frescos pintados por Rafael en el Vaticano; el subtítulo, a un campo de concentración. Pocas veces el Holocausto ha sido referido de tan elusiva manera (“Más tarde llegarán, enfundados en negro / y bordados en plata, los pomposos verdugos”) como en esta denuncia sobre lo lejos que está de la realidad cualquier utopía basada en la bondad y en la justicia. El arte como encubrimiento de las mezquindades de la vida y de la falacia de los ideales políticos también lo encontramos en “Vejez de Juan Bautista Tiépolo”.
            No es un libro monocorde Regiones devastadas. El sobrio tono epigramático del primer poema, “Yacimiento”, contrasta con la ironía de “Remedia amoris”  (recuerda las “Composiciones de lugar” que Francisco Brines incluye en Aún no); los poemas que nos hablan de la intrahistoria del imperio romano a partir de restos arqueológicos con el jugueteo rococó de “En Viena, ante una tarta (Café de la Ópera)”.
            Un libro lleno de vida inteligente y de cultura al servicio de la vida Regiones devastadas, un libro quizá no para todos los lectores (desde luego no para el lector acostumbrado a la lectura apresurada en la pequeña pantalla del móvil), un libro solo para aquellos que estén dispuestos a dedicarle algo de lo mejor de su tiempo y su atención. Vale la pena: saldrán de sus páginas más lúcidos y con esa extraña forma de felicidad que dan los enigmas y las desdichas del mundo transformados en arte.

viernes, 14 de abril de 2017

Miguel d'Ors, memoria y misterio


Manzanas robadas
Miguel d’Ors
Renacimiento, Sevilla, 2017.

A Miguel d’Ors, como a todo verdadero poeta, no le importa repetirse en lo fundamental, sabe que esa es la más exacta manera de ser fiel a sí mismo. Pero cuando Miguel d’Ors dice lo que ya se ha dicho antes –por él mismo o por otros– procura decirlo de una manera mejor o con un matiz inédito. No hay por eso en Manzanas robadas –publicado casi medio siglo después de su primer libro– nada de epilogal ni de redundante: la tensión expresiva sigue siendo la misma que en sus obras mayores, idéntica la mezcla de cotidianidad y misterio.
            La poesía de Miguel d’Ors, de tan contagiosa emotividad y tan manifiestamente ideológica en ocasiones, engaña al lector apresurado. Está escrita siempre con la cabeza fría, tiene mucho de deliberado ejercicio de taller. Miguel d’Ors juega con el lenguaje y la estructura del poema tanto como el más audaz poeta vanguardista, pero no hace alarde de ello. Sabe que la emoción poética no se consigue con el desahogo sentimental, dejando simplemente expresarse al corazón –el corazón no versifica–, sino con muy precisa artesanía.
            Manzanas robadas nos habla de una infancia gallega, de la emoción del paisaje, del paso de las estaciones. Y lo hace con un lenguaje aparentemente directo, que no elude el localismo ni el coloquialismo: las flores amarillas de las “sextas”, de la retama, aparecen en más de un poema y a la “villavesa” (que es como llaman en Pamplona a los autobuses) se refiere en otro .
            Pero en seguida nos sorprenden los desplazamientos calificativos, las transgresiones gramaticales: ese “tractor adormilado”, esa “dulzura verdidorada” de las ciruelas, esas mañanas “tan ásperas, tan negras, tan pamplona” o el “azul frayangélico” de otra mañana; esos gallos que son “muecines de la luz resucitada”. Una constante creatividad, un ir de sorpresa en sorpresa, que nunca añade oscuridad al poema, que no condesciende con el sinsentido.
            Los poemas de Miguel d’Ors nos emocionan o nos hacen sonreír (pocos poetas con tanto y tan personal sentido del humor) en una primera lectura y nos admiran cada vez más en las sucesivas relecturas, cuando nos fijamos en los pequeños detalles y vamos poco a poco descubriendo su precisa estructura, los secretos de taller.
            Miguel d’Ors es un poeta no solo religioso, sino directamente confesional, y eso, que le ha deparado tantos lectores fieles, le ha alejado de otros. Pero el Miguel d’Ors de Manzanas robadas acierta a prescindir del doctrinarismo ideológico que lastraba otros textos suyos (el poema “Lecciones de Historia”, de Es cielo y es azul, tantas páginas de Virutas de taller) y nos habla del misterio, de la realidad que se esconde tras la realidad, de lo que no tiene nombre y algunos llaman Dios. No oculta sus creencias, pero no las exhibe tan agresivamente como en otras ocasiones. Con el poema “La misma partitura”, que habla de una misa en una capilla aldeana,  consigue un poema que no habría desdeñado firmar Francis Jammes (o, mejor quizá, Thomas Hardy), que tiene el encanto de las viejas estampas y la precisión verbal marca de la casa.
            No rehúye Miguel d’Ors el tópico, gusta de enfrentarse a él, ofrecernos nuevas variaciones: “Nocturno de la Caeira” y “Crepúsculo de otoño en Linza” vuelven al tema de microcosmos y el macrocosmos, al pequeño mundo del hombre que encierra no menos abismos que el espacio sideral; “Pájaros de antaño” recrea a Félix Grande (“Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver”) y a Joaquín Sabina (“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”); “Materiales de construcción” recrea de manera humorística un poema de Porfirio Barba Jacob, a su vez continuado por Cernuda y Brines; “Literatura fantástica” se aproxima al mundo de Luis Alberto de Cuenca; la idea que está detrás de “Ory” (imprescindible en cualquier antología dedicada al perro) ya la desarrolló Julio Camba en un artículo.
            Y no rehúye Miguel d’Ors acercarse a temas muy trillados porque sabe que todos los grandes temas lo son y porque esa es la manera de que destaque su originalidad (es fácil ser original tratando un asunto trivial del que nadie se ha ocupado antes, quizá porque no interesa a nadie). Gusta también de entreverar versos ajenos con los suyos propios, versos por lo general muy reconocibles, como el manriqueño “que es el morir” o “huyendo el mundanal ruido”, de Fray Luis (algo de “menosprecio de corte y alabanza de aldea” hay en este libro de d’Ors, según expresa la cita inicial de Ronsard).
            El mundo rural gallego, el de su infancia, está muy presente en este libro, que contiene un puñado de poemas que forman parte (como tantos otros suyos) de lo mejor de la literatura gallega, aunque estén escritos en un castellano entreverado del idioma de Rosalía: “Los aperos”, “La feria de Cuspedriños”, “Pero algo hay”.
            También el montañismo, como no extrañarán los fieles lectores (una inmensa minoría) de Miguel d’Ors. Al comienzo del libro coloca una cita de San Juan (“Mi Amado: las montañas, / los valles solitarios nemorosos…”), que ha utilizado más de una vez) y que se corresponde bien con poemas como “El reino”, tan lleno de pequeños detalles exactos como todos los suyos, que nos habla de una ascensión a la vez real y mística.
            ¿Algún reparo a este libro admirable, que puede ser gustado a la vez por el lector común, que no sabe de hipálages ni de intertextualidades, y por el especialista que se las sabe todas? Dos, quizás. Miguel d’Ors es un poeta tan cordial como conceptual. Sus poemas, muy a menudo, a la vez que expresan un sentimiento desarrollan una idea. Y esa idea es falsa –o eso me parece a mí– en “Primavera en el monte da Tomba” y en “Ser o no ser”. En el primero, el poeta se lamenta de haber sido infiel a su destino por no haber escrito un solo verso en dos semanas, por haber perdido el tiempo con actividades cotidianas (lavar y tender la ropa, escribir cartas). Pero de su propia poética (léase “La feria de Cuspedriños” o “Las ranas de Ciudad Rodrigo”)) se deduce que el poema no comienza a escribir cuando se escriben sus versos, sino mucho antes.
            “Ser o no ser” contrapone su “biografía como de triángulo escaleno” a la de la gente común que se apellida Fernández y son “farmacéuticos o fiscales” y se casan con la “correspondiente gordita” y tienen hijos, etc. Pero también los fiscales y los farmacéuticos y quienes se apellidan Fernández y se casan con “gorditas” puedes pasarse la vida “maquinando versos”, exactamente igual que los profesores por oposición que igualmente se casan y tienen hijos “que ya se sabe la juventud de hoy”.
            Pero son más los poemas en que razón y corazón, artificio y verdad, se aúnan inextricablemente para dar lugar a poemas tan minuciosamente memorables como “Aguas estancadas”, “Sabiduría del ciruelo” o el ya citado “Las ranas de Ciudad Rodrigo”, que tan bien ejemplifica la manera que d’Ors tiene de convertir una anécdota banal en poesía y metapoesía.
            Manzanas robadas se sitúa así entre las obras mayores de un clásico contemporáneo, de un poeta intemporal y de ahora mismo.

            

sábado, 8 de abril de 2017

Trieste y una sombra


La antivida de Italo Svevo
Maurizio Serra
Fórcola. Madrid, 2017.

“Vidas y leyendas” era el subtítulo de la espléndida biografía que Maurizio Serra dedicó a Curzio Malaparte; ahora, en el título de la dedicada a Italo Svevo aparece muy sorprendente y significativamente la palabra “antivida”. No hay dos escritores más opuestos: brillante, contradictorio, aventurero el uno; un buen burgués, un escritor secreto, o ni siquiera un escritor durante la mayor parte de su vida, el otro.
            Opuesta la trayectoria vital, opuesta también la obra: al lirismo efectista de Malaparte, a su literatura profusa e inagotable, se contrapone la escritura seca, y en la que no escasean solecismos y dialectalismos, de Svevo (hubo incluso quien dijo de él, como se repitió a menudo de Baroja, que escribía mal).
            Pero todo lo que le falta a Ettore Schmitz –ese era el nombre civil del escritor– de novelesco le sobra a su ciudad, Trieste, un enclave italiano (y eslavo) en el imperio austrohúngaro.
            La ciudad de Trieste, a la vez cosmopolita y provinciana, es casi por sí misma un género literario. En el epílogo a su biografía incluye Serra una entrevista con Claudio Magris, el autor de Danubio, quizá el mejor conocedor, y uno de sus mayores representantes, de esa literatura triestina.
            Tanto como Ettore Schmitz –empleado bancario, comerciante, próspero empresario–, o quizá más, nos interesan las figuras que le rodean: el poeta Umberto Saba, que nunca le quiso demasiado, y al que visitaba casi cada tarde en su librería (cuentan que fue el único cliente habitual a que jamás hizo descuento); el novelista James Joyce, por entonces un joven profesor de inglés que llevaba una vida bohemia que a Ettore –que fue su alumno– le repelía y le fascinaba al mismo tiempo.
            Pero poco a poco el arte de Maurizio Serra  –escritor italiano, nacido en Londres y que ha escrito algunos de sus libros directamente en francés– va haciendo que nos interesemos por el gris personaje que publica en la juventud dos novelas a su costa que no despiertan ningún éxito y que durante la mayor parte de su vida adulta parece solo dedicado al negocio familiar. En realidad, se trataba del negocio de la familia de su mujer, los Veneziani, que se dedicaban a la fabricación de pintura para cascos de barco y que debían su prosperidad al descubrimiento de una pintura que resistía la acción del agua del mar mejor que ningún otra (la fórmula se mantenía secreta). Los Venezini eran judíos conversos al catolicismo; Ettore Schmitz, judío no practicante, tuvo que convertirse para casarse con su mujer y entrar en el negocio. Nunca en su obra aludió a su judaísmo y esa es quizá una de las razones de la antipatía que por él sentía Saba.
            Ettore Schmitz, el próspero empresario, ni siquiera llegó a tener casa propia: vivió con su mujer, Livia, en el caserón de los Veneziani, frente a la fábrica, en una especie de comuna familiar presidida por su suegra Olga, una matriarca que siempre gustó de llevar las riendas (custodiaba la fórmula secreta de la pintura que había traído la prosperidad a la familia escondida en un colgante que llevaba al cuello y del que jamás se desprendía).
            Solo a partir de 1923, tras la publicación de La conciencia de Zeno, Ettore Schmitz se convertiría definitivamente en Italo Svevo. Al principio parecía que ese libro iba a tener tan poco éxito como sus dos novelas anteriores, pero el apoyo de James Joyce, ya convertido en escritor famoso tras el escándalo del Ulises, resultaría decisivo. El éxito de Svevo comenzó en Francia y pronto sería europeo.
            No tuvo mucho tiempo el escritor para disfrutar de su nombradía. Moriría en 1928, a los sesenta y siete años, mientras preparaba una nueva obra, la incompleta Confesiones de un anciano.
            La conciencia de Zeno es la primera novela psicoanalítica y eso no resulta casual: tras la Viena de Freud, fue Trieste –con sus varias almas nunca bien avenidas– la ciudad en la que el psicoanálisis se desarrolló más tempranamente.
            Italo Svevo murió en 1928, pero la historia que Maurizio Serra nos cuenta llega más allá, hasta la proclamación de las leyes raciales, la segunda guerra mundial y las peripecias de la posguerra en la atormentada Trieste. Porque La antivida de Italo Svevo es algo más que la vida de un hombre que nunca quiso enfrentarse a su destino y que el minucioso análisis de su obra (Maurizio Serra se acredita como uno de los mejores conocedores de la literatura europea de entreguerras), es la historia de una ciudad única que cambió varias veces de manos y a la que en más de una ocasión se trató de aplicar la limpieza étnica, el genocidio cultural.
            Un libro para leer sin prisa, que interesa no solo, ni fundamentalmente, a los lectores de Svevo, sino a todos los que se preocupan por el destino de un continente menos geográfico que cultural, la cuestionada Europa, del que Trieste es cifra y símbolo.   

sábado, 1 de abril de 2017

Eduardo García y su realismo visionario


La lluvia en el desierto
(Poesía completa 1995-2016)
Eduardo García
Prólogo de Andrés Neuman
Epílogo de Vicente Luis Mora

Eduardo García (1965-2016) se inició en la poesía en una línea deudora del Luis Alberto de Cuenca que aunaba rigor formal con frivolidad y del Luis García Mantero que había bajado la poesía a la calle para cantar a la musa con vaqueros. “Musa de a pie” titulaba precisamente uno de sus sonetos: “Despeinada me gustas, ojerosa, / con el rimmel corrido y con desgana / asomada al pavor de la semana / y no como en el búcaro la rosa”.
            El título de su segundo libro, No se trata de un juego, parece una declaración de intenciones. No abandona Eduardo García su componente realista ni su dicción coloquial (siempre ha sido un poeta más de “lo que pasa en la calle” que de “los eventos consuetudinarios que aconteces en la rúa), pero ahora su poesía –como su visión de la realidad– se va volviendo más compleja. El poema se aproxima al relato fantástico para adentrarse en el mundo de los sueños y del subconsciente. También la metapoesía hace acto de presencia, pero sin el componente teórico y pedante que tenía en la generación anterior, la de Guillermo Carnero y Jenaro Talens.
            La cita de Yeats que aparece al frente de Horizonte o frontera, su siguiente libro, resulta muy significativa del ensanchamiento del realismo que busca Eduardo García: “He sido llevado, en momentos de la más honda introspección, hasta aquellas cosas que están más acá y más allá de la vida despierta”.
            El abandono del realismo más convencional trae consigo, como no podía ser de otra manera, un cambio estilístico. Los correctos endecasílabos, el ritmo consabido, la frase corta y precisa, se abandona por un versolibrismo que gusta de la enumeración caótica y de la compleja subordinación, que parece avanzar a tientas en una única frase que se ramifica y se extiende a tientas por un territorio desconocido.
            Eduardo García se aprovecha de los logros del surrealismo, pero no es un poeta surrealista. Él mismo –autor de dos excelentes libros sobre poesía– lo ha expresado lúcidamente: “Busco más allá de la apariencia de las cosas, más siempre para generar sentido, excavar más allá de la corteza lo que se oculta al otro lado. Aquello que se abre paso en las palabras deviene al fin un mensaje en la botella del poema, navegando hacia el lector. Un acto de conocimiento, sí, pero también de comunicación”.
            En sus primeros y en sus últimos poemas gusta Eduardo García de partir de una situación cotidiana. “Sentado en un café miro la calle”, comienza uno de los poemas de No se trata de un juego; “Miré por la ventana: diluviaba”, otro de La vida nueva, su penúltimo libro. Esa es quizá su lección mejor: que el poema, para buscar trascendencia, no necesita abandonar lo concreto, que hay suficiente enigma en el vivir de todos los días.
            Pero no todo, ni mucho menos, es bucear en la sombra e indagación metafísica en la obra de Eduardo García. También puede considerársele un poeta del amor y de la alegría de vivir que en ocasiones, en raras ocasiones, se aproxima peligrosamente al manual de autoayuda. Difícil, sin embargo, resulta resistirse al encanto de alguno de esos poemas llenos de buenos sentimientos. Uno de mis preferidos es el borgiano “Aniversario”, con su técnica enumerativa y anafórica (“te regalo la música”, “te regalo mi llanto y mi torpeza”, “te regalo mi asombro”), un poema de amor a la vez novedoso e inevitablemente tópico.
            Duermevela, el último libro que publicó Eduardo García, termina con un poema titulado “Rescatar la alegría”. El poeta ha conocido los sótanos de la realidad, se ha perdido en sus extrarradios, se ha hundido en las arenas movedizas del insomnio y del absurdo de vivir, pero su lección final es que hay que “rescatar la alegría, / desarraigar del corazón la ceguera del ojo de la aguja, el injerto del lodo, las turbias excrecencias, / bajo el tumulto del agua desbocada lavar el cuenco roto, coserle los pedazos, dejarlo reposar, / agradecer cada sonrisa que nos tiende al azar un día cualquiera”.
            No sabía entonces que lo peor estaba por llegar: el mazazo de un diagnóstico sin apelación, los días de hospital, la desesperación y la aceptación (algo de esto cuenta el prólogo de Andrés Neuman). En esos pocos meses escribió dos series de poemas --“La hora de la ira” y “Bailando con la muerte”-- que es difícil leer con la objetividad necesaria, aunque nos atrevemos a afirmar que en la segunda de ellas se encuentran quizá algunos de sus más escuetos e impactantes poemas. Especialmente memorable resulta el dístico con que concluye el poema final, la personal versión del “carpe diem” con que termina su obra: “Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte / cada hora que le robas a la muerte”.

sábado, 25 de marzo de 2017

La luz con el tiempo dentro: Martín López-Vega y la elegía posmoderna


Obreros de la luz
Los poetas de la duración y la elegía posmoderna
Saltadera. Oviedo, 2017.

¿Es posible analizar académicamente, profesoralmente, a la poesía, o a la literatura en general, sin que pierda su capacidad de seducción y acabe convirtiéndose en un conjunto de palabras sin vida? ¿Es posible un libro sobre poesía que interese sobre todo a los lectores de poesía? En Obreros de la luz, Martín López-Vega dice pretender lo segundo, pero a menudo se siente tentado por lo primero. El resultado no puede ser más desigual en ambos casos.
            “A los libros de ensayos literarios que intentan resumir la poesía en definiciones y fríos análisis –afirma en el prólogo–, siempre he preferido aquellos en los que el autor se dejaba llevar por la intuición. La forma que uno tiene de leer poesía es muy parecida, casi siempre, a la forma de vivir la vida, y nadie quiere vivir la suya en una sala de autopsias”.
            No escasean por eso las referencias autobiográficas en el volumen. El capítulo “De la luz en la poesía” comienza refiriéndose a la “feliz rutina” en que se han convertido para él las visitas al Museo del Prado; el dedicado a Eugénio de Andrade, uno de los mejores del libro, evoca la visita al poeta y concluye citando la última carta que le escribió. Se alude también al encuentro con Seamus Heaney en Oviedo y al bar de Roma y que el autor frecuentaba durante su estancia en la Academia de España y al que Josph Brodsky dedicó un poema.
            Lo mejor de Obreros de la luz es lo que tiene de conversación con un excelente lector de poesía y de muestra antológica de la mejor poesía del siglo XX. Martín López-Vega nos ofrece, en traducción propia, poemas de autores bien conocidos, como los ya citados Andrade, Heaney y Brodsky, junto a otros nombres que suenan menos para el lector español, como la poeta sudafricana Gabebe Baderoon o el danés Henrik Nordbrandt. Desde este punto de vista, Obreros de la luz viene a ser como una versión abreviaba y comentada de sus antologías de poesía universal Equipaje de mano y Mapamundi. Como el poeta portugués Jorge de Sena, López-Vega parece haberlo leído todo, interesarse por todo, conocer todas las lenguas. No es así, evidentemente (las traducciones de  varias lenguas minoritarias tienen como intermedio el inglés), pero no hay duda de que Martín López-Vega es el poeta y el crítico menos localista, más atento a la poesía del mundo.
            Algo rechina, sin embargo, en Obreros de la luz. Al autor no le basta con el ensayismo de raíz autobiográfica y lleno de intuiciones felices. Parece incapaz de resistirse al demonio de la teoría, como si tratara de competir –aunque con mejor prosa– con las imprecisas generalizaciones de Vicente Luis Mora y otros afamados críticos de su generación.
            El subtítulo ya nos pone sobreaviso: “Los poetas de la duración y la elegía posmoderna”.
            El concepto de duración, nunca bien explicado, recorre el libro. Martín López-Vega lo toma de Bergson, quien lo popularizó en las primeras décadas del siglo XX. Pero del filósofo francés, en el texto y en la bibliografía, solo se cita un libro, Durée et simultanéité, que fue la polémica respuesta que dio a Einstein y a su teoría de la relatividad. La “duración” es el nombre que Bergson da al tiempo, un concepto para él mal entendido por la filosofía (rebate a todos los filósofos anteriores, especialmente a Kant) y por la ciencia (tanto por la ciencia tradicional como por las nuevas teorías de Einstein).
            La intuición filosófica de Bergson coincide con la de buena parte de los escritores del siglo XX. El mejor ejemplo lo constituye Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido.
Martín López-Vega identifica “duración” con “intensidad”, con “plenitud” y con otras varias y confusas cosas. Los poetas de la duración serían así todos y no sería ninguno. Los ejemplos parecen caprichosos, el término más que un concepto riguroso resulta ser un vago pretexto para dar unidad a lo que no es más que sugerente divagación, como si eso fuera poco.
            Cuando el autor se pone estupendo y abandona su papel de buen lector y excelente divulgador para hacer afirmaciones generales, casi siempre patina: la poesía del siglo XX sería más fácil de traducir que la de siglos anteriores porque abandona la rima y la onomatopeya; la elegía clásica buscaba “consuelo a la muerte”, mientras que la elegía posmoderna “busca consuelo a muertes más pequeñas y cotidianas, a lugares abandonados, a personas que desaparecieron en algún recodo del camino, sin morir, pero que se han perdido al cabo como si lo hubieran hecho”; en el siglo XX, “el arte tuvo que mirar hacia fuera: la historia parecía hacerse sola”, mientras que “el siglo XXI, la historia está dentro, la cámara se gira para fijarse en nuestro ombligo: el artista como objeto y testigo al mismo tiempo” (¿la historia se hacía sola en el siglo XX, la guerra de Siria está dentro mientras que la de los Balcanes estaba fuera?).
            Acostumbrados al uso y abuso del término “posmoderno” (que nunca se defina con claridad y del que al parecer se puede afirmar cualquier cosa y la contraria), nos ponemos en guardia al verlo en el título, pero luego el libro nos ofrece algo más, bastante más, que vaguedades teóricas: un puñado de excelentes poemas comentados por uno de los mejores conocedores de la plural y plurilingüe poesía contemporánea.

sábado, 18 de marzo de 2017

Venecia revisitada


Notas sobre Venecia
Juan Lamillar
Fórcola. Madrid, 2017.

Todo se ha dicho sobre Venecia y todo está por decir. El poeta Juan Lamillar, visitante esporádico, turista que denigra a los turistas (según costumbre), ha querido hablarnos sobre todo de “la Venecia de la pintura, la música y los libros” en este caleidoscopio que puede ser leído comenzando por el paronomástico principio o por cualquier página sin que nos defraude nunca.
            Juan Lamillar es poeta de larga trayectoria, pero no ha querido excederse en excesos retóricos a la hora de hablar de una ciudad que tanto se presta a ello. Prefiere el dato exacto, la curiosidad erudita, la cita bien seleccionada. Notas sobre Venecia vale por una enciclopedia sobre Venecia, pero una enciclopedia compendiada, en miniatura, que cabe en el bolsillo y no se agota jamás.
            La aguda inteligencia de Juan Lamillar, también preciso ensayista, no le libra, sin embargo, de incurrir en alguno de los tópicos habituales al hablar de Venecia. El primero de ellos, el denuesto del turismo, esa avalancha siempre en aumento, y el lamento por la disminución de los habitantes de la ciudad, que corre el riesgo de convertirse en un parque temático.
            El otro tópico es el de ver a Napoleón solo como un Átila que causó todo el destrozo posible. Suprimió “cuarenta parroquias, destruyó ciento setenta y seis edificios religiosos y más de ochenta palacios” enumera Lamillar citando al historiador Peter Lauritzen. Napoleón quería convertir Venecia en una ciudad “como las demás”.
            Como todos los tópicos, ambos tienen parte de razón, pero no toda. Comencemos por el segundo. Sin las reformas napoleónicas, y las que siguieron en su estela (el gran puente del ferrocarril), Venecia no sería hoy una ciudad habitable. La Strada Nova o Via Garibaldi resultan, sin duda, menos pintorescas que las angostas callejuelas en las traseras de los palacios, pero permiten el paseo y la vida urbana. ¿Y es de lamentar que Napoleón eliminara tantas iglesias y palacios cuando la ciudad está aún llena de edificios ruinosos que nunca acaba por restaurar y de otros que solo cobran algo de vida cuando se alquilan para los eventos de la Biennale?
            Los venecianos, y los innumerables amantes de Venecia esparcidos por el mundo, sueñan con una ciudad sin turistas. Se parecen a la paloma de la parábola kantiana que se quejaba de la resistencia que el aire le ponía a su vuelo. Ignoraba que era precisamente esa resistencia la que le permitía volar.
            Venecia sin turistas hace tiempo que habría dejado de existir. Sería un deshabitado conjunto de ruinas, medio hundidas y cubiertas por la maleza, como otras islas de la laguna.
            Es el dinero que aportan los visitantes lo que mantiene al costoso artificio de Venecia en pie. Sin turistas, habrían echado el cierre los cafés con orquesta de la Piazza San Marco; habrían desaparecido las góndolas, a las que nunca sube ningún veneciano (salvo el gondolero); se habrían venido abajo los palacios convertidos en hoteles o museos, tan costosos de mantener; la mayoría de sus habitantes se habrían mudado ya a terra ferma, cansados de subir y bajar puentes, del acqua alta, de la falta de espacio, de que la mínima reforma resulte el doble de costosa que en cualquier otra parte. El pintoresquismo y la belleza que tanto admiran los que vienen de fuera y pasan en la ciudad solo unos días tiene esos inconvenientes. Otra cosa –censurable sin duda– es el avaricioso exceso sin control.
            Leyendo estas admirables Notas sobre Venecia, y otros libros sobre la ciudad, nos sorprende la casi total ausencia de nombres venecianos tras la caída de la República a finales del siglo XVIII. Ya no hay músicos, ni pintores, ni aventureros como Casanova que sorprendan al mundo. A partir del XIX quienes dan lustre a Venecia son lord Byron o John Ruskin, Marcel Proust o Henry James. Los venecianos de ese siglo, los venecianos posteriores no parecen pasar de glorias locales (quizá con la excepción de Hugo Pratt y su Corto Maltés). Venecia solo sigue teniendo resonancia universal, solo sigue triunfando en el imaginario colectivo gracias a los extranjeros que pasan por ella, como Hemingway o Brodsky, o que pasan sus últimos días en ella, como Pound.
            Fueron los viajeros, no los habitantes de Venecia, quienes permitieron que siguiera conservándose milagrosamente sobre las aguas cuando habían desaparecido las circunstancias que hicieron deseable esa insólita y casi imposible ubicación.
            Pero estas discrepancias, menos con Lamillar que con la topiquería habitual, en nada desmerecen el interés de un libro escrito con amorosa y nunca fatigosa erudición, la obra de un coleccionista de fotos antiguas, referencias literarias, música y pintura venecianas.

sábado, 11 de marzo de 2017

Javier Gomá, ejemplaridad e inmortalidad



La imagen de tu vida
Javier Gomá Lanzón
Galaxia Gutemberg. Barcelona, 2017.


Javier Gomá Lanzón aspira a ocupar en la sociedad española el puesto que en su día se disputaron Ortega y d’Ors. Con ambos coincide en ambición, en ingenio y en brillantez expresiva. Es la suya una Filosofía mundana –así se titula el conjunto de sus “microensayos”, muchos de ellos espléndidos ejemplos de agudeza y precisión–, una filosofía que no se dirige a especialistas ni trata de abstrusos problemas ontológicos, sino que procura ofrecer alguna luz a las inquietudes del hombre y la mujer de hoy, de los ciudadanos de una sociedad democrática.
            Y lo hace con calidad de página –como los maestro del novecentismo– y con humor, rehuyendo tanto el patetismo como la solemnidad. La suya es una “literatura bien educada”, como él mismo indica en “Inconsolable”, el monólogo dramático que acompaña a los ensayos de La imagen de tu vida. Ese monólogo –que pronto llegará a los escenarios– basta para justificar el volumen y para otorgar a Javier Gomá un lugar de excepción entre los escritores contemporáneos. Escrito poco después de la muerte del padre, alterna emoción con inteligencia, anécdota con reflexión, y no faltan –a pesar de la gravedad del tema, o por eso mismo– las adecuadas notas de humor. Una obra maestra de cuarenta páginas que ningún hijo, ni ningún padre, debería dejar de leer.
            Los ensayos que lo preceden son otra cosa. Javier Gomá es doctor en Filosofía, doctor en no sé cuantas cosas, número uno en alguna difícil oposición (Eugenio d’Ors presumía de no haberse presentado nunca a ninguna oposición), pero su manera de argumentar está llena de descosidos.
            ¿Cómo puede el hombre vencer a la muerte?, se pregunta. Y trata de responder –como en toda su obra ensayística– desde la racionalidad, no desde la fe, aunque él (lo indica al pasar en un momento de “Inconsolable”) sea creyente. De dos maneras: mediante la obra de arte y mediante la imagen de nuestra propia vida que entregamos a título póstumo a la posteridad.
            Dejemos de un lado la primera cuestión, incuestionable (Velázquez o Picasso, Quevedo o Unamuno perduran en su obra), y vayamos con la segunda, que es la única que, según Gomá, está al alcance de todos los mortales. ¿Pero garantiza una vida ejemplar perdurar en la memoria, sobrevivir en la memoria de los otros? Para Javier Gomá, sí: en el hombre común, “cabeza responsable y profesional competente que envejece cumpliendo con su deber sin extravagancias y retorna cada día a su casa al final de una jornada posiblemente monótona y previsible, sí, pero útil para la comunidad”, reverberaría la gloria de los antiguos héroes. Es posible, pero no le garantizaría perdurar en la memoria de los héroes, al contrario de lo que ocurre con otros personajes, como Hitler, o por citar un ejemplo que sin duda Gomá conoce bien (es director de la Fundación que lleva su nombre) el contrabandista y empresario sin demasiados escrúpulos morales, don Juan March.
            Como paradigma de ejemplaridad se refiere Gomá a Aquiles (ya le dedicó el título inicial de su tetralogía sobre la ejemplaridad), pero para conseguir la fama póstuma se puede ser un héroe, como Aquiles, o un Eróstrato, el hombre que para perdurar en la memoria destruyó una de la maravillas de la antigüedad, el templo de Diana, y no hay duda de que consiguió su propósito.
            Aquiles, para Homero “el mejor de los aqueos”, personifica para Javier Gomá “la ejemplaridad perfecta”. Cuesta encontrar esa ejemplaridad, verlo como “el mejor de los hombres”, como afirma una y otra vez Gomá. Cierto que abandona la seguridad del gineceo, donde le ha escondido su madre Tetis, para afrontar el riesgo de la guerra de Troya, una caprichosa guerra de conquista basada en un pretexto fútil (la historia de Elena), pero es que además deja de luchar en cuando no esta de acuerdo con el reparto del botín, importándole poco la gloria de los griegos, y solo vuelve a la batalla para vengar a un amigo. Quizá Héctor resulte una figura más ejemplar. Para Gomá, Aquiles sigue siendo un ejemplo: “Quien en nuestros días recorre el camino desde la eternidad a la mortalidad imita a Ulises y actualiza, en tonos más cotidianos, pero no menos heroicos, la gesta gloriosa del mejor de los hombres”. Olvida Gomá que, al contrario que Aquiles, los humanos, para dejar de ser eternos, no tenemos que abandonar ningún gineceo: ya lo somos de nacimiento. La ejemplaridad de Aquiles –y le ha dedicado todo un libro– carece de sentido para el hombre contemporáneo: Aquiles resulta memorable por los versos de Homero, solo por ellos.
            La falta de rigor conceptual del excelente escritor que es Javier Gomá queda especialmente de relieve en el capítulo que dedica a la ejemplaridad de Cervantes. Su manera de razonar consiste en enhebrar citas de autoridades que nunca pone en cuestión. Un ejemplo. Para demostrar su afirmación de que el pensamiento español se caracteriza, no por “la razón pura germánica”, sino por la creación de mitos, cita a José Luis Abellán, para quien hemos elaborado “algunos de los mitos más importantes de la cultura occidental”: los de Santiago Matamoros, el Cid Campeador, la Celestina, don Juan, el “buen salvaje”, don Quijote, la España ideal y, sobre todo, el mito de Cristo. Nada tiene que objetar Javier Gomá a esa enumeración caótica. ¿El mito de Santiago Matamoros es uno de los más importantes para la civilización occidental? Donald Trump y Marine Lepen sin duda estarían de acuerdo. Pero nadie aceptaría como tal a una vieja alcahueta, por valiosa que sea la obra que cuenta su historia. ¿Y la España ideal? ¿Por qué es más importante que la Francia o la Cataluña ideal? Y la presunta creación por España del mito de Cristo requeriría una explicación. 

sábado, 4 de marzo de 2017

Poemas al padre


Tu sangre en mis venas
Edición de Enrique García-Máiquez
Renacimiento. Sevilla, 2017.

¿Quién no ha escuchado alguna vez la queja de que se publican demasiadas antologías? Es casi un lugar común en los estudios sobre poesía española contemporánea. Yo creo, sin embargo, que se publican pocas y no siempre con el criterio adecuado. Una antología no es un centón ni un libro colectivo: se define tanto por las presencias como por las ausencias.
            Una antología –temática, de época, generacional, de autor– es quizá el modo más adecuado de publicar poemas, de acercarlos en libro al lector. Lo era en el siglo de Oro, lo sigue siendo hoy.
            Tu sangre en mis venas inicia las selecciones temáticas en una colección dedicada hasta ahora a las antologías de un solo poeta. Los poemas dedicados al padre resultan menos frecuentes que los dedicados al hijo, aunque en los últimos años se han convertido casi en una moda.
            El antólogo no podía haber sido elegido con más tino: Enrique García-Máiquez –prolífico poeta, articulista, diarista– ha hecho de la vida familiar uno de los principales  núcleos temáticos de su obra literaria (véase su reciente Un largo etcétera). Y sin embargo…
            Pero, antes de los “sin embargo”, enumeremos algunas de las memorables maravillas que puede encontrarse el lector en este elegante vademecum que se centra en la poesía de lengua española, o de algunas de las lenguas españolas, del siglo XX. La primera de todas es bien conocida. Se trata del soneto de Antonio Machado en que habla de la luz de Sevilla y del palacio en que nació, con su rumor de fuente, y del padre aún joven en su despacho que alza los ojos y mira piadosamente la cabeza ya cana del poeta. Muy distinto, pero igualmente inolvidable, resulta otro bastante menos conocido, “Mallorca revisited”, de Miguel Ángel Velasco, impactante como un inesperado puñetazo.
            Algunos lectores jugarán a contraponer los poemas de dos hermanos, Juan Luis y Leopoldo María Panero, tan lleno de precisos detalles uno, tan exasperadamente divagatorio el otro. Ejemplifican dos maneras contrapuestas de entender la poesía.
            Carlos Sahagún, más lírico, Miguel d’Ors o Fernando Ortiz, más anecdóticos, firman otros poemas memorables. Y como en todas las antologías temáticas nos sorprende el rescate de algún poeta olvidado. Es el caso de Eladio Cabañero.
            Y sin embargo… El prólogo, que entremezcla algo confusamente las referencias al tema del padre en la literatura con la justificación de inclusiones y exclusiones, no se libra de algún descuido: habla de un inexistente Vicente Piquero (¿Juan Vicente Piqueras?), le atribuye a Amado Nervo versos de Gabriel y Galán, entiende al revés el poema que incluye de Felipe Benítez Reyes (no habla de un padre “inexistente”, sino de un hijo). Pero eso son reparos menores, que no disminuyen las inteligentes o ingeniosas observaciones que encontramos en sus páginas.
            Según avanza la antología, ordenada cronológicamente (se inicia con Unamuno, concluye con el asturiano Rodrigo Olay), da la impresión de que disminuyen las exigencias estéticas y que los poemas se incluyen porque solo porque tratan del tema del padre, aunque sea muy de pasada, en contra de lo que se dice en la introducción (es el caso de Eloy Sánchez Rosillo o de Ignacio Peyró).
            Las exclusiones notables, varias de ellas mencionadas por el antólogo, se explicarían por problemas para obtener el permiso por parte de los propietarios de los derechos de autor. Se da así la paradoja de que no se incluya “La lluvia”, el espléndido soneto de Borges en que escucha la voz de su padre, “que vuelve y que no ha muerto”, pero que cualquier lector pueda encontrarlo de inmediato en Internet. Habría que revisar urgentemente ciertas leyes de la propiedad literaria: el poema breve –el poema que cabe en la memoria agradecida del lector– debería poder volar libremente.  
            Un tema de siempre, el del padre, que en nuestro tiempo adquiere matices nuevos. Los poemas de José Luis Parra y Mario Míguez se ocupan de los problemas de la vejez y de la dependencia. El poema en prosa de José Luis Parra utiliza la técnica de engaño-desengaño, de la que habló Bousoño, y es una escueta obra maestra; Mario Míguez resulta algo divagatorio y moralizante.
            Un tema que algunas veces, pocas, se desliza hacia el reproche y el ajuste de cuentas (Javier Salvago). Al tratar de la muerte del padre, cosa que ocurre con frecuencia, no siempre se evita (Manrique resulta, en este aspecto, ejemplar) incurrir en la falacia patética.
            Una antología temática debería incluir solo los mejores poemas (sean de autores conocidos o desconocidos) sobre un determinado asunto. Lo más habitual, sin embargo (a la memoria me viene la de Julio Neira sobre Nueva York, por otra parte en absoluto desdeñable), es incluir todos los poemas que se han podido encontrar sobre el tema e incluso les pide a los poetas amigos que escriban algo sobre él. Enrique García-Máiquez con Tu sangre en mis venas parece haber optado por el camino de en medio. Un puñado de excelentes poemas, algunos una sorpresa incluso para los lectores habituales de poesía, justifican con creces el volumen.

sábado, 25 de febrero de 2017

Javier Cercas y el héroe de la familia


El monarca de las sombras
Javier Cercas
Random House. Barcelona, 2017.

Pocos lectores se acercarán a El monarca de las sombras, investigación histórica y autobiografía, sin conocer lo fundamental del libro. El autor lo ha explicado minuciosamente en sus entrevistas promocionales y además nos lo resume en el primer párrafo y vuelve una y otra vez sobre ello en el capítulo inicial. Manuel Mena, un tío abuelo suyo, murió en la batalla del Ebro a los diecinueve años. Era falangista. Le dedicaron una calle en su pueblo, Ibahernando, el mismo en que nació Javier Cercas. Era el héroe de la familia, pero siempre se negó a escribir sobre él porque había luchado en el bando equivocado, el mismo en el que militaba el resto de sus familiares.
            Javier Cercas es un excelente investigador y un espléndido narrador, pero desde el éxito inesperado de Soldados de Salamina parece que solo publica libros artificiosamente hinchados por exigencias de la industria editorial. La intriga de El monarca de las sombras no está en lo que se nos cuenta del joven alférez provisional, de las peripecias de la guerra en un pequeño pueblo o de la batalla del Ebro, sino en ver cómo se las arregla el autor para convertir lo que podía haber sido una magistral crónica de cuarenta o cincuenta páginas en una “novela” con cerca de trescientas.
            El primer recurso técnico consiste en desdoblarse en dos narradores. Los capítulos impares se cuentan en primera persona y nos narran cómo y por qué se escribió el libro; los capítulos pares están en tercera persona (al autor se le menciona por su nombre, como un personaje más) e intentan referir lo que sabemos de Manuel Mena “con el desapego y la distancia y el escrúpulo de veracidad de un historiador”.
            Pero incluso con este desdoblamiento resulta difícil llegar al número de páginas que se ha propuesto. Se nota demasiado el esfuerzo del autor para conseguirlo, fatiga tanto relleno (incluye íntegros artículos suyos anteriores, aunque contengan datos equivocados que luego se ocupa de refutar), pero en alguna ocasión esos superfluos entremeses se convierten en lo más divertido del volumen. Es lo que ocurre con la aparición de David Trueba en el capítulo tercero, que protagoniza casi por completo, y luego en algún otro. El pretexto para incluirle es que el escritor y director de cine le lleva en coche hasta Ibahernando para entrevistar a un anciano que conoció a Manuel Mena. Javier Cercas se las arregla para convertir estas páginas casi en una exclusiva de la prensa del corazón –y así se anticiparon, por ejemplo, en El Español– o de Sálvame: David Trueba llega incluso a llorar al contarnos cómo su pareja (Ariadna Gil, la protagonista de Soldados de Salamina, aunque para ello hubiera de cambiar de sexo al personaje principal) le abandona por Viggo Montersen. Morbosamente divertido, sin duda, pero bastante fuera de lugar.
            Algo mejor trabadas con el resto del libro están las apariciones de la madre del autor, a la que caricaturiza amablemente hasta convertirla en un personaje entrañable, pero de la quizá abusa un tanto. Le adjudica (y lo califica de dicho memorable que él nunca olvidará) un conocido chiste sobre los pasos de cebra y nos la presenta fascinada ante una lenta y tediosa película de Antonioni, La aventura porque sin duda le recuerda “la orfandad de peripecias y los silencios inacabables de Gran Hermano”, un programa del que dice disfrutar él también –aunque solo parece conocerlo de oídas– y al que se refiere varias veces.
            El recursos a determinadas obras literarias sirve, además de para alargar el libro (la verdadera obsesión de Cercas) para darle trascendencia a la historia familiar que narra, una de tantas como ocurrieron durante la guerra civil. Se alude reiteradamente  a El desierto de los tártaros, la novela de Dino Buzzati, a un cuento de Danilo Kis, “Es glorioso morir por la patria” (el lema de Horacio que Cercar coloca al frente de su libro) y a los poemas de Homero. El título procede de unos versos de la Odisea. Ulises encuentra a Aquiles en el reino de los muertos y este le dice que preferiría ser un siervo con vida que un monarca de las sombras. Aquiles, ejemplo de una “bella muerte”, sería el arquetipo de Manuel Mena. Pero no parece un buen ejemplo: Aquiles no luchaba por ninguna patria, dejó de hacerlo cuando se enfadó con Agamenón a causa del reparto del botín, volvió al combate solo para vengar a su amigo Patroclo.
            Tanto como estas divagaciones literarias, o quizá más, fatiga el recurso a la anáfora y a la reticencia para alargar los párrafos. El historiador de los capítulos pares escribe (p. 144) “podría imaginarlo”, “sería capaz de imaginar el momento”, “podría imaginar”, “podría imaginarle”, etc., y nos refiere todo lo que podría imaginar pero presuntamente no imagina (“o por lo menos fingiré que no lo imagino”, aclara, por si no estaba claro) “porque ni esto es una ficción ni yo soy un literato”. No es la única vez que el cronista de los capítulos pares insiste en que es solo un historiador y por lo tanto no puede hacer hipótesis (como si estas no fueran fundamentales en cualquier trabajo científico), pero no por eso se priva (desmintiéndose a sí mismo) de hacer literatura.
            La tesis política de Cercas –que los propietarios agrícolas, agrupados en sindicatos de derecha, se equivocaron al apoyar al franquismo– resulta cuando menos discutible. Otra cosa es que la familia de Manuel Mena, la familia de Cercas, no sacara especial rendimiento de esa adscripción.
            Pero lo más disonante del libro resulta el final, una especie de revelación mística en la que el autor-narrador cae en la cuenta de que la muerte no existe “porque estamos hechos de materia y la materia no se crea ni se destruye solo se transforma”. Solo se transforma, vale, pero a veces se transforma de materia con vida en materia inerte. ¿Que luego esos átomos puedan llegar a formar parte de otro ser vivo, un hombre o un gusano? Sí, pero el ser humano que perdió la vida la perdió para siempre. Nos deja con una cierta sensación de incredulidad tan inesperado e inverosímil sesgo místico.
            Javier Cercas sabe contar y sabe investigar. El monarca de las sombras, aunque artificiosamente hinchado, aunque no convenza en su interpretación de la guerra civil, está lleno de páginas admirables. Conviene subrayarlo.


            

sábado, 18 de febrero de 2017

Palermo de papel


Asesinato en el Jardín Botánico
Santo Piazzese
Siruela. Madrid, 2017.

La ciudad de Palermo entró en la literatura de la mano de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. En las páginas de El Gatopardo, vive para siempre la capital borbónica a punto de dejar de serlo para pasar a formar parte del nuevo reino de Italia. El Palermo contemporáneo comenzó a hacerse literatura en una novela, I delitti di Via Medina-Sidonia, publicada hace veinte años y que ahora se traduce al español con el título más sugerente, y quizá también más exacto, de Asesinato en el Jardín Botánico.
            La escribió un profesor universitario, Santo Piazzese, y su referente más próximo parece claro: Piazzese quería hacer con Palermo lo que Vázquez Montalbán hizo con Barcelona (también Andrea Camilleri utilizó el mismo modelo y por eso el protagonista de sus novelas se llama Salvatore Montalbano).
            Aunque el misterio policíaco que se nos cuenta en Asesinato en el Jardín Botánico pronto deja de interesarnos, no podemos interrumpir la lectura hasta el final, fascinados por la voz del narrador-protagonista, Lorenzo La Marca. Tiene la misma edad que el autor, como él es profesor universitario, como él vivió las ilusiones de mayo del 68 y ahora, cerca de la cincuentena, es un escéptico que mira con sorna en qué se han convertido los revolucionarios de entonces.
            Lorenzo La Marca gusta de la ironía, de los juegos de palabras, de las alusiones a películas que admira; menciona siempre la melodía que le viene a la cabeza o la música que escucha en cada momento (sabe encontrar la pieza adecuada para cualquier situación o estado de ánimo); no parece tomarse en serio nada, y menos que nada a sí mismo. Nos imaginamos las dificultades de la traductora, Pepa Linares, para hallar el equivalente español de lo que es casi un idiolecto particular. Sorprende, sin embargo, que aclare un pasaje de la novela, publicada en 1996, indicando en nota que “alude a la campaña de carteles aparecidos espontáneamente en Palermo para promover el voto en el referéndum de 2011”.
            La historia comienza un día de junio en que sopla el siroco y el protagonista, en lugar de irse al campo como hace todo el que puede, “con el propósito de enderezarle las piernas a un trabajo que no iba a ninguna parte”, se ha encerrado en su despacho “del Jardín Botánico Municipal, cruz y delicia de este Departamento de Bioquímica Aplicada de la universidad de esta nuestra felicísima ciudad de Palermo que todo lo tritura, lo absorbe, lo metaboliza”.
            Santo Piazzese, muy deliberadamente, deja a un lado una realidad siciliana que los lectores esperan que haga acto de presencia, más pronto que tarde, en cualquier historia policíaca ambientada en la isla.
            El comisario Vittorio Spotorno, amigo de Lorenzo La Marca, echa de menos “los crímenes sanos, buenos, misteriosos”, “los crímenes que hacen habitables todos los países de este mundo para un policía de verdad”, los que tienen un buen móvil para escarbar en él “y llegar a los mecanismos elementales de la psique” como Maigret o Marlowe. La mafia “no permite que un detective brillante se salga de la rutina y aventure su vuelo en solitario”.
            Santo Piazzese ha dejado a un lado los crímenes de la mafia y ha escrito una novela de campus, con la acción reducida a las intrigas y ambiciones de un departamento universitario. Para que nadie se dé por aludido en el departamento en que él trabaja, se inventa irónicamente un Jardín Botánico Municipal distinto del dieciochesco Orto Botánico palermitano en que en realidad comienza la historia (una foto suya figura en la cubierta del libro). Lorenzo La Marca, desde la ventana de su despacho, descubre a un ahorcado en la rama de uno de los gigantescos ficus. Se trata de Raffaele Montalbani, antiguo profesor e hijo del anterior jefe de departamento. Pero pronto nos olvidamos del dilema de si se suicidó o fue asesinado y nos aburre un poco la explicación final, como ocurre en las tradicionales novelas policíacas del tipo enigma o acertijo (esas que tanto le gustaban a Auden, según nos cuenta en La mano del teñidor).
            Lo que nos interesa es el ir y venir del escéptico protagonista por las calles de Palermo y los paradisíacos alrededores; su parloteo incansable; su vida de solterón rodeado de libros y discos; sus amores posibles e imposibles. Y también lo que cualquier novela realista tiene, al poco tiempo, de viaje en el tiempo: han pasado veinte años y toda la modernidad tecnológica de entonces suena a arqueología; el mundo es otro, sin dejar de ser el mismo.